Planeta Prohibido (1.956)

Crítica cinematográfica

Por Raymond Gali

Si pudiéramos materializar una sensación obtendríamos algo parecido a lo que uno siente al visionar El Planeta Prohibido. Dicha experiencia sensorial sería análoga a la maravillosa que experimentaron los lectores de Pulp Ficcion de mediados del siglo XX. Me refiero a las revistas pioneras del género: Astounding Stories,  Amazing Stories o Galaxy. El “Eastman Color” que rezan los títulos de crédito del film, su banda sonora tan inocentemente inquietante, los fondos malva de ensueño y aquella entrañable nave “interplanetaria” (modelo OVNI berlina utilitario) ayudaron, sin duda.
 
Con toda probabilidad sin pretenderlo, el tandem formado por el productor Nicholas Nayfack y por el director Fred Mcleod Wilcox, lo consiguió. Los fantasmas de su subconsciente emergieron y se plasmaron en el celuloide para siempre. Eso sí, con el permiso de Sigmund Freud y William Shakespeare, por supuesto. Del paradigmático dramaturgo inglés nació la obra que los inspiró: La Tempestad, representada por primera vez en 1611. Los paralelismos, entre lo evidente y lo difuso: Isla-Planeta, Próspero (Duque legítimo de Milán)–Morbius, Contexto colonizador del Nuevo Mundo-Mundos Nuevos, alquimia con la que controla la Isla-tecnología con la que controla el planeta, Hija Miranda-Hija Altaira, estudio de Artes Clásicas-estudio Enciclopedia Krell, venganza por amor clásico-venganza por amor filial …

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Walter Pidgeon (Doctor Morbius) y Robby (as himself)

 El Doctor Morbius, arquetipo del sabio ególatra y misántropo, ha incrementado su ya elevado coeficiente intelectual gracias a una máquina de origen extraterrestre. El artilugio, nos recuerda de forma impepinable a los martillos de feria, que también se elevan proporcionalmente a lo animal que sea el sujeto que los pruebe; en este caso la relación es inversa. Morbius, tras semidescifrar su lenguaje, quizás con una piedra de Rosetta cósmica, estudia con delectación la enciclopedia que acuñaron los fabulosos Krell: ellos guardan los secretos de un millón de generaciones de su especie. Pero tras su sed de conocimiento se esconden sus fantasmas, sus miedos, que le hubieran convertido en carne perfecta de psicoanálisis freudiano en cuando se le tumbara en un diván. El trabajo de Walter Pidgeon es excelente, muy creíble, algo que no se puede decir de su compañero de reparto Leslie Nielsen, que podía haber rodado con una careta de sí mismo y el resultado hubiera sido idéntico. Volviendo a Pidgeon, veterano actor, desconocemos si cobró doble al encarnar dos papeles, quizás opuestos, quizá complementarios, en la cinta. En su segunda actuación, discreta, implícita, trabaja….¡de metáfora! En ambas, lo dicho, impecable.

Robby merece un párrafo para él solito. Vértice tecnológico de la cinta, quizás fue de los primeros robots que vieron evolucionar los espectadores de 1956. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y que un tal Isaac Nosequé acababa de esculpir las tres leyes de la robótica, Robby (mientras dormía el patilludo genio) escapó de su primer relato e hizo un papel más que digno en la película. Debió gustarle porque repitió en “The Invisible Boy” (1957), en capítulos de “The Twilight Zone” (Los límites de la realidad), en “Lost in Space” y en algunas producciones de los años 80. El robot se convirtió en el futuro un objeto de culto, un icono del siglo XX, una “Gioconda” cinematográfica idolatrada por un ejército de fans de varias generaciones. Volviendo a la movie, arrebatadora es la escena en la que el creador (Morbius/Frankenstein) le ordena al robot que detenga al monstruo y se cortocircuita. ¿Adivinan por qué?  Primera Ley: “Jamás dañarás a un ser humano o por tu inacción permitirás que un humano sufra ningún daño. Para androides suficientemente inteligentes, la Ley es aplicable también a los alter egos, por supuesto. La máquina tiene unos exquisitos modales imitados posteriormente por su sobrino-nieto C3PO; incluso hasta en la cantidad de formas de comunicación que dominan ambos. Pero siempre hubo clases: el primero 187 y el áureo millones. Robby, antes de hablar produce un sonido en el que parecen engranarse piezas mecánicas, como si sus palabras fueran un puzzle que la máquina compone en tiempo real. ¿No es entrañable este artefacto construido de forma artesanal? Construido “para ser ajeno al mal” y “que nunca se equivoca” resuelve toda necesidad material que padre e hija puedan desear: comida, ropa, utensilios, joyas… Además, es prácticamente indestructible, salvo por “el oxígeno que le produce herrumbe” ¿Les suena? Un baño de cinc hubiera solucionado el problema, aunque sin pasarse con la galvanoplastia, claro.

 Una mujercita adorable, hija de Morbius, se erige como único representante fémino del film. Entre “18 tripulantes de entre 24 y 26 años” vestidos de marineritos, un Walter Pidgeon, disfrazado de sí mismo, un Leslie Nielsen (Capitán John Adams) hierático y un Robby asexuado, asimoviano y nada asténico, sino fortachón a más no poder; te transporta unas toneladas del isótopo 217 del plomo como quien mueve una silla. A la chica, a Altaira, -como la estrella que calienta al Planeta Prohibido-le roba varios besos el teniente Farman antes de que el espectador haya tenido tiempo de arrellanarse en su asiento. La inocencia personificada evoluciona en escenarios arcadianos, llenos de animalitos, no tiene rubor en bañarse desnuda,… hasta que el género humano la pervierte con su maldad. Un tigre celoso de los visitantes ataca a su mismísima amiga por lo que es atomizado, que debemos entender que es mucho peor que ser desintegrado, pues entonces te despiezan en moléculas y no en átomos, más simplones, unitarios y solitarios. Perdonen que nos burlemos un poco pero lo hacemos desde el cariño y desde la obligación: Si no eres escrupuloso en los conceptos te arriesgas a esto cuando pase un siglo de tu obra. Volviendo a la chica, estudió poesía, matemáticas, lógica, física, geología y biología. Trivium y cuadrivium carolingios en versión planetaria. ¿Para qué más?. La Historia vetada, suponemos, por la sobreprotección de su padre y mentor para que no conociera, en toda su extensión, la inefable condición humana.

Tripulación de la nave, capitaneada por Leslie Nilsen

 A nivel tecnológico y científico la película es voluntariosa y “se apaña” bastante bien, salvo los clásicos gazapos; todavía no hemos llegado al cine de ciencia-ficción que resiste incólume el paso del tiempo, técnica y argumentalmente. En 1956 ya conocían la señal de tráfico intergaláctico que había plantado Alberto Einstein, con la velocidad de la luz dentro de un círculo rojo; pero a cualquier amante de la ciencia-ficción se le permite rebasar ese límite, más que nada, para llegar a alguna parte antes de que las ranas críen pelo, o “el hijo del vecino pise la luna”(1)   (2). Bien, aceptamos velocidad hiperlumínica para desplazarse por el cosmos. En los diseños se usan cromados, como del “traje” del robot, superficies acristaladas varias y vestimentas de altos talles y minimalistas: Parece correcto. En la decoración lo que parecen muchos peces abisales disecados, de dudoso gusto pero lo suficientemente inquietantes como para que el espectador no se pregunte si son anacrónicos o dónde diablos los pescaron en un planeta semi-desértico. Bien, bien. Los comunicadores inalámbricos que usan no los valoramos ahora pero, en una sociedad “no wireless», eran revolucionarios, la verdad. La película, retomando el camino riguroso, resuelve de forma ingeniosa muchas escenas, como la de los campos de fuerza alrededor de la nave, o el desplazador a través de la “ciudad Krell”, o el mismísimo Monstruo del Subconsciente: fantástico: Los que vieran la película de niños seguro que tienen grabada esa silueta de luz terrorífica, apoteósica. A la Light & Magic le quedaban unos años para nacer aunque la versión de aquella época, la Walt Disney, algo tuvo que ver en los efectos especiales en el film. Empecemos a poner también pegas en el otro ¿platillo? de la balanza: Seguimos, seguiremos y seguiremos sin software que gobierne los instrumentos tecnológicos. El hardware impone su ley y recuerdo que incluso en Almas de Metal  (1973) todavía tendremos a un robótico Yul Bryner con muy mala leche y sin una mísera línea de código dentro de su ser. La maquetita de la nave dentro de la esfera del puente de mando tiene su aquel y ni el capitán Leslie Nielsen es capaz de “agarrar como pueda” una explicación plausible a tamaña tontería. De más calado son los interrogantes que nos suscitan las propiedades mágicas que posee el robot para “crear materias primas” a partir de una muestra, como el Whisky de Kansas City, suave, suave (“¿un par de hectolitros serán suficientes?)”. No seamos tan duros con el robot: Una explicación ante la cual tendríamos que callar es que usara las avanzadísimas máquinas Krell para realizar esa transformación, jugando con materia y energía. Por cierto, Altair 4 es 4,7% más rico en oxígeno que la Tierra, bien, respirable, pero la gravedad es 8.7…¿qué? Quizá es una mala traducción, quizá se refiere a un 8,7% más poderosa o débil que en la Tierra; bueno, qué más da. Lo dejamos en parecida. En suma, una película bastante correcta habida cuenta el año en que fue rodada.

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 En fin, si la crítica se quedará aquí habríamos viajado años-luz hasta un planeta prohibido y nos hubiéramos quedado en su luna yerma. ¿Qué hay de los monstruos del subconsciente, los monstruos del Id? En una escena Pidgeon/Morbius reconoce que las leyes y la religión en verdad sirven para aplacarlos, lo cual, no deja de ser una afirmación inquietante. ¿Qué hay de la extraordinaria civilización extraterrestre de los Krell? (3) Los Krell, la especie de extraterrestres que “fue todo menos divina” moraron ese mundo hace dos mil siglos, alcanzando su culmen tecnológico: Dominaron la energía (“9.200 reactores nucleares en cadena, la energía de todo un sistema planetario”) y la materia. Pero cuando estaban a punto de desprenderse de su lastre físico algo acabó con ellos: Sus propios monstruos subconsciente. La moraleja parece clara y a nivel microscópico se puede aplicar también a nosotros: El desarrollo material de una civilización, si no va de la mano, paralelo, al desarrollo espiritual/intelectual, termina por autodestruirla. De ahí cómo fenecieron los tripulantes del “Belerofonte”, despedazados por una fuerza misteriosa “víctima de la codicia y de la locura humanas”,… y ahora moran en el cementerio del planeta. Esos monstruos del Id, amplificados por las máquinas alienígenas, son capaces de atravesar el indestructible acero Krell, retroalimentándose de su propio mal, “renovando su estructura molecular de microsegundo a microsegundo”. Y es que cuando el mal se amalgama con la inteligencia no se le puede poner coto. Ella, Altaira, tiene una percepción extrasensorial a través de un sueño y ve el horror…

Belerofonte, en la mitología griega, fue el héroe que domó al caballo alado Pegaso y mató a la Quimera; monstruo con cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de serpiente. Los colonos de la nave Belerofonte que llegaron al Planeta Prohibido no pudieron acabar con la Quimera con la que soñó Moerbius, con los fantasmas del inconsciente, con los monstruos del Id. 

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