Nuevos compañeros de singladura

Por Fernando Jose Zurita Abascal*

Bienvenidos. No podemos hacer otra cosa que darles la bienvenida con un millón de papelitos de colores y Cadillac por la Quinta Avenida, a la vieja usanza. La humanidad ha recorrido un largo camino solita; cómo la vida extraterrestre inteligente se resiste a dar la cara y a la tecnología para comunicarnos con los delfines le queda un hervor (quizá muy pronto recibamos una sorpresa según un colega mío de la Universidad de Berkeley) los nuevos bioandroides nos vienen estupendamente para sentirnos menos solos. Bertrand Russell sostenía que la razón, la inteligencia, no tiene que ser necesariamente obstáculo para la felicidad y que, quizá parafraseando a Hegel, cada siglo ha tenido su propia forma de infelicidad. Introduciendo ambas ideas en una coctelera, agitándolas, dándoles la vuelta…¿podríamos encontrar una nueva forma de felicidad en nuestro siglo ahondando e interactuando con nuevas formas de inteligencia? Lo cierto es que el hombre necesita un espejo en el que mirarse, pero no de los que proyectan una imagen idéntica y simétrica sino uno de un tipo muy particular; uno fantástico mezcla de los grotescos que distorsionan nuestro yo y de los que tienen vocación de oráculo y pueden responder a nuestros eternos interrogantes. Un robot humaniforme e intelectualmente avanzado, como Copérnico X, puede erigirse en ese «alter ego de Delfos», que sacie nuestra sed cognitiva, que responda a las preguntas que nos martillean. Sí, ya existían ordenadores que lo podían hacer pero, salvo por los knowbots dentro de una matriz virtual, el ser humano precisa unos ojos que le miren, una cabeza que asienta o disienta, unos labios que le sonrían o que le digan «no» y un ceño que se frunza censor o que se estire diáfano y receptivo para que pueda desnudar su alma a gusto.

Imaginemos realidades alternativas pegándoles algunas patadas a los libros de nuestra historia. No sé preocupen: es un tipo de funanbulismo mental gratuito que no deja ningún tipo de huella. ¿Se imaginan ustedes que hubiera supuesto para Napoleón Bonaparte un compañero de fatigas, inasequible al desaliento, quién le desaconsejara romper su alianza con el zar Alejandro I que, a la postre, sería el principio de su fin? ¿Y si a Adolf Hitler hubiera tenido de niño un amiguito, en los albores del siglo XX, que le hubiera contagiado elevados valores en las antípodas del antisemitismo? La modalidad de soledad que aqueja al poderoso es una de las más terribles y un gran número de megalómanos quizá hubieran rectificado a la hora de tomar decisiones clave si, sencillamente, hubiera tenido a alguien con quien hablar, con quien contrastar, con quién cotejar. Un robot no hubiera sido amenaza para esas personalidades, …

…frecuentemente acomplejadas, y si se les hubiera dotado del suficiente blindaje para resistir furibundos ataques de cólera…este mundo hubiera sido muy diferente…¡aunque no necesariamente mejor! Isaac Newton no necesitaba una bellísima androide (ó Hypatia de Alejandría o Juana de Arco o Madame Curie un apolíneo varón cibernético que les distrajeran de lo que habían venido a hacer al Planeta Azul. Se antoja imprescindible que Úrsula Iguarán y José Arcadio Buendía y toda su descendencia se sintieran terriblemente solos durante un siglo, durante sus vicisitudes en su aldea de Macondo no se convirtiera ese tiempo en «Cien años, a pesar de las tribulaciones, reconfortados con nuestra compañía digital». No. Solitos, que el arte, con frecuencia, sublima su razón de ser cuando adquiere la dimensión trágica.

Mientras escribo este artículo acabo de enterarme que Copernico X va a ser colaborador nuestro. Bien, doble alegría entonces. Acompañando a la humanidad y jaspeados de su sabiduría cuántica en nuestro Magazín futurista. Fabuloso, claro, siempre y cuando el androide listo de la Claymstrom no analice nuestro estilo, nuestros objetivos, nuestro buen hacer y sea capaz él solito de generar un número completo de la Revista Tiempos Futuros en siete segundos. Leeré con fruición, aunque con la frente perlada de sudor, sus colaboraciones en la revista. Ya me ha advertido mi colega Violeta Guinizelli que este chico de titanio da bastante miedo. Que es como una película de terror pero que usa pantalones, domina la física avanzada y tiene una sonrisa con una perfecta hilera de dientes nacarados. Para terminar elevaré la anécdota a categoría:

 La simbiosis hombre-máquina será, con toda probabilidad, enormemente beneficiosa para la humanidad como lo ha sido hasta ahora, aunque con la novedosa derivada intelectual de la que todavía no podemos ni atisbar sus consecuencias. Yo, a pesar de la broma del párrafo anterior, dudando que nos quiten el pan, estoy encantado y convencido que los nuevos biorrobots serán tan inteligentes como para hacernos sentir bien con nosotros mismos y seguir creyendo que nosotros también lo somos. Lo dicho, bienvenidos, bien hallados.

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