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"La esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre" FRIEDRICH NIETZSCHE
 
FUTURE ADVENTURES - VIDA Y MUERTE EN VERADOR
 
 
Future Adventures
RELATO
Verador

BREVE SINOPSIS

La evolución, el destino, el pasado y el futuro…

Todo son ilusiones de una mente que se cree desarrollada.

¿Quién sabe de dónde venimos realmente, y hacia dónde nos dirigimos?

Una pequeña fábula, acerca de un planeta que bien podría ser el nuestro…

AVISO LEGAL

"Vida y Muerte en Verador ", al igual que todos los relatos, microrelatos, cuentos, novelas cortas y novelas de la sección Future Adventures está debidamente registrado, sus derechos de autor protegidos, y su plagio, total o parcial, sin citar a su autor, Gabriel Romero de Ávila, está tipificado como delito. Para cualquier duda al respecto consultar el Aviso Legal.

Vida y Muerte
en Verador

Autor: Gabriel Romero de Ávila
email: gromero92@yahoo.com


VIDA Y MUERTE EN VERADOR

Bienvenido, gran señor, a mi humilde morada.

Venís a presentaros a estos ancianos ojos ya sin vida, grandioso y rutilante, con vuestra bella armadura de plata y un sinfín de naves de guerra que opacan mi cielo. ¿Y buscáis mi palabra? ¿Mi consejo?
Tal bondad os honra. Vos, gran señor de un mundo de castas y espadas, de furia y batalla, os presentáis en mi vieja caverna, haciendo gala de una modestia que no creí posible ya, y pedís que os hable.

¿Tal es la fama que ha adquirido el milenario Kanegusi, que los más grandes señores de la guerra acuden a visitarlo, a escuchar sus rancias palabras de ayer, sus historias de otra época? En verdad os digo, grandioso caballero, que cientos son los mundos que he hollado, miles las constelaciones que he visto apagarse como velas que se extinguen con el viento, y un millón las vidas de amigos que se me han escapado entre los dedos, como agua que fluye entre los huecos de un cedazo.

Ciertamente, mis días se cuentan por eones, mis vivencias son historia ya del mismo universo en que habitamos, y mis ojos han visto por desgracia todo cuanto de bueno y de malo hay bajo el negro tapiz de las estrellas.
¿Queréis mis consejos, gran señor? ¿Deseáis que os cuente los eternos secretos del cosmos? ¿Las malignas verdades detrás de los agujeros negros, de la vida y de la muerte, de la música que tocan las galaxias en su eterno viaje?
Como gustéis…
Os contaré una historia, y espero agradaros…

Ocurrió hace muchísimo tiempo, a una distancia innombrable de aquí, en el entonces llamado planeta Verador, un hermoso jardín de selva y sol en el antiguo sector Delta–35–C (según la clásica denotación que marcaron los Dioses Cósmicos en su Tercer Peregrinar por las Estrellas, y que hoy nadie en su sano juicio recuerda ya…).

La noche se escabullía entre susurros, lenta y perezosamente, bajo el efecto de los dos potentes soles de Verador. Su luz era clara y brillante, devolviendo la vida a un mundo que llevaba demasiado tiempo entre tinieblas. Ante sus rayos, las alimañas buscaban lugar donde ocultarse…
Y los monstruos regresaban a los túneles.

Durante siglos, Verador había seguido un macabro ciclo de muerte y resurrección continuas, marcado sin fin por el perpetuo viaje de sus dos soles por un cielo azul inmaculado. Quién diría los horrores que despertaban al marcharse su luz… Los innombrables seres que corrían por sus campos y sus junglas, que limpiaban sus negras pezuñas en los arroyos inmaculados, y que se mofaban burlescos de todo cuanto puro y sagrado hay en la naturaleza. Cuando caía la noche en Verador, hasta los más salvajes depredadores temían por sus vidas, pues eran conscientes que lo que habitaba en los túneles ignoraba el perdón, y la cordura…

Un día aciago, orgullosos señores de la guerra provenientes de un mundo más puro quisieron colonizar Verador. Llegaron en sus imponentes naves espaciales, en sus ciudades volantes y sus dragones vestidos con armadura, y vieron con gusto aquellas selvas, aquellos montes, aquellos lagos y ríos de agua pura. Y creyeron que podrían habitarlos.
Insensatos…

Durante el día, todo fue paz y dicha, y aquel mundo joven y desconocido se plegó a sus nuevos dueños. Levantaron urbes de metal, y puentes sobre los ríos, y transformaron la superficie a su antojo. Y se creyeron dueños de Verador.
Aquellos altivos guerreros eran huérfanos del espacio, viejos supervivientes de un mundo antaño destruido por sus propios hijos, cuya sabia evolución no les sirvió más que para crear ingenios más dañinos, naves más terribles, métodos de muerte cada vez más eficaces. Hasta que fracturaron la misma superficie del planeta, secaron los mares y lagos, y abrasaron su delicada atmósfera. Hasta que hicieron inhabitable su propio hogar…

Sólo un puñado de ellos había escapado a la condenación, montados en sus vehículos más grandes y capaces, destinados a surcar el cosmos en busca de otro lugar en que vivir. Pero con la lección bien aprendida, marcada a fuego en sus conciencias.
Ahora creían que Verador podría ser su nueva oportunidad. Su única opción de enmendar los errores cometidos y empezar de cero. Y durante un tiempo fueron felices.
Hasta que llegó la noche…

Y Verador fue tragado por las sombras.
Como consecuencia del hecho de orbitar dos soles gemelos, unido a su propia rotación natural sobre sí mismo, había un período de tiempo en que la mitad del planeta quedaba sumida en la más terrible oscuridad, hasta que de nuevo su perpetuo movimiento lo llevaba a caer bajo los rayos luminosos de la estrella vecina.

Día, noche, luz y oscuridad alternándose sin fin, en una larga y perpetua órbita en ocho que marcaba el devenir de sus demonios. Vida y muerte.
La muerte que se desató sobre los confiados señores de la guerra.
Cuando las sombras tiñeron la mitad sur de Verador, y la luz se evaporó como agua que fluye entre los dedos, un ejército de diablos negros y salvajes emergió de los túneles. En silencio, sin dar más pruebas de su existencia que los chillidos de los muertos y los cadáveres mutilados, se extendieron. Salían de la nada, de las infinitas cavernas talladas en siglos de existencia furtiva, y su presencia traía la muerte más pura y terrible. Garras y colmillos, pelo y pezuñas. Bestias innombrables tan viejas como el mismo planeta en que vivían, hambrientas de sangre y cuerpos, deseosas de catar las nuevas presas que llegaban de los cielos. Empezaron a esfumarse los brillantes conquistadores, a desaparecer sin dejar rastro en un mar de gritos y agonía. Y luego los hallaban, esqueletos pelados desprovistos de carne y ropa, huesos roídos y quebrados.
Y les inundó el miedo.

En la primera noche murieron seis mil hombres, y otro tanto en la segunda.
Al tercer día, el Gran Líder de aquellos seres sin mundo propio, de aquellos nómadas por obligación, supo que había que tomar medidas. Si no, amenazaban con extinguirse…
Llenó la superficie boscosa de armas escondidas entre ramas, de cañones ocultos en el follaje, de células fotoeléctricas, detectores de movimiento y minas de presión. Ordenó a los suyos que volvieran a sus naves y urbes, y que en esa noche en cuestión no hubiera un solo habitante que no estuviera protegido. Cerraron las grandiosas puertas de metal, clausuraron las ciudades, y aislaron su delicada sociedad de viajeros esperanzados tras el miedo a unas criaturas que nunca habían visto.
Declararon la guerra a los monstruos.

La tercera noche, pareció que era otra vez de día. Fuego, estallidos, ráfagas de balas explosivas y detonaciones sin fin. La tierra completa se estremeció en un momento, y la frágil cáscara de tierra que era en verdad aquel mundo tembló por el fragor de la batalla. A la mañana siguiente recuperaron unos doscientos cuerpos destrozados. Seres de pesadilla, deformes y horrendos, creados sólo para la muerte y el dolor. Largos brazos acabados en garras afiladas, piernas musculosas pensadas para el salto, grandes orejas y hocicos para seguir a sus presas. Ojos adaptados a la noche, pezuñas acolchadas para caminar en silencio, y sobre todo, fauces enormes, capaces de tragarse a un hombre entero, y dotadas de agudos colmillos como puñales sangrientos, que igual cortaban el músculo que el acero.
Monstruos salidos de sus sueños menos confesables.

Y lo más asombroso de todo, lo que más llenó de miedo sus corazones, fue el hecho de que, a la llegada de las primeras luces del día, esos restos impíos comenzaron a disolverse, envueltos en vapores corrosivos, deshaciéndose al contacto del aire puro y la mañana.
Aquellos demonios eran hijos de la noche. Por eso escapaban a los túneles.

Los guerreros se felicitaron por su éxito. Habían diezmado al enemigo, habían inutilizado su ataque, y cobraron tantas piezas que pocos más podían quedar en los túneles.
Volvieron a equivocarse.

La noche siguiente fue la más terrible de todas. Nadie sabe cuántas bestias hubo recorriendo el planeta, ni cómo lo hicieron, pero verdaderamente habían aprendido la lección, pues esta vez las armas no lograron abatir ninguno de ellos. En vez de eso, mataron a diez mil hombres.
Ciudades enteras fueron despobladas, arrasadas, plagadas de esqueletos limpios y quebrados, mientras respetaban las casas y edificios, dejándolos intactos. Vacíos. Ciudades fantasma sólo recorridas por el viento y la niebla. Y la muerte…

El pavor atenazó a los grandes hombres. Sabían que estaban condenados, y que sólo hacía falta tiempo para que terminaran de extinguirse. El Gran Consejo se reunió de modo extraordinario, y tomaron una decisión desesperada: matar o morir.
El genocidio de los otros o el suyo propio. Y eligieron vivir.
La táctica se llamó Bombas-Depredador. Pequeños ojos voladores, inteligentes y autónomos, cargados con suficiente explosivo para desgarrar el planeta entero. Antes de que volviera a caer la noche, las mortales esferas cruzaron el rojo cielo de Verador, colándose por las grietas y fisuras del suelo, buscando inmisericordes a su presa.

Hallaron los túneles, enormes galerías de roca trazadas durante miles de kilómetros y millones de años, esculpidas generación tras generación por manos que nunca fueron humanas, hasta dejar la piedra lisa como el mismo algodón. Vieron las conducciones y pasillos, las salas de altísimos techos negros, los pozos tan oscuros y profundos como si llevaran al más terrible infierno.
Y por primera vez, los grandiosos señores de la guerra contemplaron a sus enemigos.
Allá, lejos del mundo y la realidad, donde parecía acabarse Verador, encontraron el origen de todo cuanto horror había sufrido aquella gente: solitaria, aislada, sobre una inmensa catarata de muchos kilómetros de profundidad, había una sala redonda, de piedra negra y mármol oscuro, decorada con grandísimas estatuas de hombres y dioses.

Bajo ella circulaban aguas tan negras y corruptas que sólo verlas aterraba, plagadas de viejos cadáveres putrefactos y la sangre de otros tiempos. Y sobre ella, un centenar de monstruos deformes correteaban por los suelos, jugando como niños traviesos, profanando los mármoles y estatuas, disfrutando los obscenos placeres de la carne.
Unos devoraban frenéticos las últimas tajadas de algún valiente soldado, otros se amaban sobre el mármol de una forma repulsiva y sacrílega, y algunos les observaban maliciosos. Sangre derramada sobre paredes y efigies, víctimas raptadas y encadenadas a postes, sometidas a horribles torturas que se prolongarán durante siglos, bajo las miradas y las risas de demonios. Dientes y maldad.

Pero la forma más horrenda de todas, el ser más inmundo y deforme de cuantos allí podían verse, estaba al fondo. Cerca del ventanal, tumbado boca arriba sobre su enorme espalda, incapaz de moverse, había un monstruo incomprensible y turbador, de aspecto tan pavoroso que era imposible mantener la vista fija en él. Su tamaño era inconcebible, su piel negra y brillante, oleosa, vertiendo aceite por cada uno de sus poros. Su cuerpo era una masa informe y repulsiva, con un centenar de largos apéndices móviles y flexibles, como negras patas articuladas y acabadas en punta. Y su cabeza era lo más espeluznante de todo. Enorme, triangular, con grandes ojos brillantes que lucían como faros de maldad en aquel ambiente opresivo, y unas gigantescas fauces babeantes de dientes afilados. Capaz de tragarse a un hombre entero de un solo bocado, y de matarlo sólo con la vileza de su mirada.
En la negra sala llena de monstruos, aquel ser impuro e innoble destacaba por su maligna presencia. Como un veneno mortal que emponzoñara el aire.

 

Juntos, reunidos en torno a la enorme pantalla que transmitía las imágenes, aquellos miembros del Consejo Científico se estremecieron al verlo. El miedo y la aversión les atenazaron sin remedio, pues nunca soñaban contemplar figuras parecidas. Sabían que se enfrentaban a monstruos crueles, a horribles criaturas de la noche sin miedo y sin piedad, a sus mismas pesadillas… Mas nunca imaginaron algo como esto. Tan salvaje, tan inhumano…
Y si temblaron como hojas sólo con verlo, aún mucho peor fue lo siguiente que observaron: del engendro nacieron más de quinientas esporas negruzcas, yemas redondeadas que brotaban de su abdomen, y que tan pronto como caían al suelo empezaban a crecer y desarrollarse. Y de ellas surgían nuevos monstruos. Nacían ya adultos, con sus garras y colmillos dispuestos a matar, y terriblemente hambrientos. Se lanzaban sobre sus propios compañeros, arrebatándoles la comida de las manos y las bocas, e incluso a veces era a ellos mismos a los que devoraban.

Su crueldad era infinita, y el salvajismo era su único instinto natural.
Entonces fue cuando los grandes señores de la guerra comprendieron que aquello nunca acabaría. Mientras uno solo de ellos siguiera con vida, los monstruos querrían alimentarse a su costa.
Aquel ser horrendo, aquella reina de demonios, no dejaría de parirlos nunca, y su propia selección natural los haría cada vez más hábiles, más sanguinarios. Hasta que no quedara uno solo de sus enemigos.
En la pantalla, el combate se recrudecía entre demonios jóvenes y veteranos, haciendo saltar restos impíos y una sangre negruzca y espesa. Hasta que uno de ellos, empujado por su propia violencia, cayó junto al abdomen del ser que era la madre de todos. Y ésa fue su perdición. Porque al instante, una decena de largas patas negruzcas le atraparon sin remedio, y tiraron de él en dirección a su amargo final: la enorme boca afilada de su reina.

No tardó más que cinco segundos en tragárselo.
Y así, la cadena alimentaria se cerró, y la selección natural quedó asegurada.
El demonio madre no podía moverse ya, ni alimentarse por sí misma, pero eso estaba resuelto con la carne de sus hijos más ancianos, y por tanto menos útiles a la manada. Sólo aquellos miembros jóvenes y fuertes, salvajes y temerarios, serían respetados por el grupo, y ganarían su valor ante los otros cobrándose más piezas que ninguno.
Piezas
No era otra cosa que los altivos señores de la guerra de Verador.
El Gran Líder no pudo soportarlo más. Se agachó sobre el enorme tablero de mandos, y oprimió el fatídico botón.

La explosión fue terrible, como un nuevo Big Bang, limitado a aquel lejano y olvidado rincón del universo. La frágil cáscara del planeta se hizo añicos como un cristal reventado por la onda expansiva. Los mares hirvieron, las tierras volaron en pedazos, y la antigua atmósfera fue calcinada en el acto.
Verador fue consumido en apenas minutos, esparciendo por el Universo millones de diminutos vestigios de roca, naves y fortalezas olvidadas, y mil almas sacrificadas al Dios de los Muertos.
— ¡Mi señor! — gritó el portavoz del Consejo Científico —. ¿Por qué habéis hecho esto? Condenasteis un planeta fértil, y a nosotros a vagar sin descanso por el Universo, sin esperanza de hallar nunca un lugar donde cobijarnos…
— ¿Y acaso teníamos otra opción? — respondió el Gran Líder —. Ese planeta era el infierno, disfrazado de bello paraíso. No, debíamos marchar, huir de la condenación que nos tenían reservada. Pero no sin vengar a aquéllos que murieron…
» Hoy los monstruos han sido extinguidos, como pretendían hacer con nosotros, y todo su mundo es ahora cenizas vagando por el espacio. ¿Y eso os preocupa? Nosotros somos vagabundos del cosmos, no nos resulta extraña la vida del peregrino, y poco importa ya vagar otro siglo, otro milenio, con tal de obtener lo que soñamos.

» Hoy este mundo se ha convertido sólo en fragmentos inertes de lo que fue, pero algún día eso cambiará. Algún día los fragmentos volverán a caer hacia su antiguo núcleo, atraídos por la misma gravedad que fue la suya, y con el paso de los siglos, conformarán de nuevo un gran planeta. Del mismo modo que ocurrió en su origen, las rocas se unirán, y renacerá Verador del caos en que lo hemos convertido. Y albergará otra vez la vida. Crecerán las plantas, y las bestias, y tal vez surja una nueva especie dominante que los subyugue a todos. Se alzará del suelo curiosa y temeraria, buscando hacerse dueña del paraíso que la rodea. Someterá a los seres inferiores, esclavizará a las bestias y plantas, y construirá su civilización a golpe de fuego y crueldad. Se creerán amos del todo, señores de la Creación y el Universo, y ofenderán con su arrogancia a los mismos Dioses Cósmicos bajo cuya ala se criaron.
» Y entonces regresaremos nosotros.

» Atraídos por su crédulo poder, por su valor sin sentido y sus avances pretendidamente superiores. Guiados por su estela de engreimiento y soberbia, bajaremos del cielo para hacernos sus dueños, y entonces sabrán cuál es su lugar en la pirámide del cosmos. Porque, amigos míos, lo que nos habrán regalado mil millones de años de distancia será el sometimiento. Esa futura raza de hombres crédulos será una nueva especie mucho más manejable, mucho más endeble e incapaz de repelernos. Serán bobos, serán niños bajo la espada cruel de la guerra. Y nosotros haremos caer esa espada sobre sus débiles cabezas.
» ¿Que hemos de esperar una eternidad para lograrlo? Aunque sean mil eternidades, queridos amigos. Porque algún día volveremos a Verador. Y no será como visitantes, sino como herederos de un Imperio…

 

Conclusión

 

— ¿Y bien? — preguntó el joven guerrero de la armadura de plata —. ¿Cuál es la lección en esa historia, anciano? ¿Es acaso una parábola acerca de mi origen noble y el de mi raza? ¿Somos nosotros esos huérfanos del espacio, avocados a viajar de un mundo a otro sin hallar consuelo, y a que nuestro propio orgullo y desprecio aniquilen todos los paraísos en que pretendemos habitar? ¿Lo he entendido bien, gran Kanegusi?

— ¡Je, je, je! ¡Eres un tonto engreído! Vosotros no sois los peregrinos, sino las bestias sin razón que sólo saben matar para vivir, incluso a sus propios hermanos. Te crees muy importante, niño imberbe, pero vales menos en el universo que el polvo sin forma que escupen las estrellas. Y algún día lo verás… Oh, y tanto que lo verás…

» La leyenda de Verador ha pasado de bocas a oídos durante muchas generaciones, pero en verdad fueron miles de millones los planetas que aniquilaron en su lento vagar. Tal vez el tuyo fuera uno de aquéllos… Tal vez en aquel pasado tu ostentosa raza no era sino demonios grotescos mancillando la tierra. Profanando el cosmos con su mera existencia. Y ahora, oh, gran señor, por fin os habéis convertido en esa “nueva especie mucho más manejable” que el Gran Líder buscaba.

» Marchad ahora de mi casa, joven. Ya os he regalado la sabiduría que pedisteis, y he sembrado en vuestro corazón la semilla del miedo. La verdad aterra, ¿no es cierto? Volved a vuestro hogar, pero no dejéis nunca de mirar al cielo. Porque un día, cuando menos lo esperéis, los altivos señores de la guerra volverán a visitaros, y reclamarán el mundo que fue suyo.

» Y entonces sí que sabréis, con total seguridad, lo poco que valen vuestras vidas…

 

FIN